











ID et.al.: A-4413; Sección: Artistas
Mi sangre nutre esta tierra-Conoce mi nombre
Paisajes de la Desposesión
Majd Nasrallah
Al escribir estas líneas, misiles iraníes cruzan el horizonte de la Palestina histórica. Este horizonte enmarca más que una geografía: simboliza un paisaje cicatrizado por la supremacía, la opresión y el cemento. Como palestino descendiente de orgullosos campesinos, mi relación con esta tierra no es estética, sino existencial. El horizonte ancla nuestra identidad colectiva y, cuando lo perdemos de vista, corremos el riesgo de perdernos a
nosotros mismos.
Para comprender el horizonte palestino hoy, debemos confrontar la dualidad de la ideología sionista. Por un lado, la violencia explícita: genocidio, limpieza étnica y masacres. Por el otro, una insidiosa ingenieria del paisaje diseñada para borrar nuestra presencia. Muros, campamentos de refugiados, guetos y, particularmente, Gaza simbolizan un profundo borramiento de los palestinos en la conciencia de los colonos. Aún más devastadora es la reconfiguración del territorio mismo. Bajo la premisa de “hacer florecer el desierto”, más de 250 millones de árboles foráneosen su mayoría pinos y eucaliptoshan sido plantados por el Fondo Nacional Judío. Estas especies invasoras, ecológicamente destructivas y propensas a incendios forestales devastadores, fueron seleccionadas intencionalmente no solo para ocultar las ruinas de pueblos palestinos demolidos, sino también para replicar paisajes europeos, asegurando que los colonos se sintieran “como en casa”. De manera sutil, esta forestación estratégica encarna, para mí, los “modos de ver” de John Berger: la mirada del colono no simplemente ignora a los palestinos; reconstruye el paisaje mismo para ver únicamente un reflejo de su imaginación colonial.
Esa mirada colonial permea aún más a través de la imposición de la planificación urbana europea: calles y asentamientos modelados para imitar entornos ajenos. Pensemos en los ubicuos techos de tejas rojas, inútiles bajo la escasa lluvia palestina; son manifestación de una fantasia colonial más que de un enraizamiento auténtico. La amarga ironía es profunda: a menudo han sido manos palestinas las que construyeron estas estructuras ajenas, incrustando nuestra propia desaparición en la tierra misma.
Pero la estrategia sionista va más allá del espacio físico, arraigando un confinamiento psicológico a través de la fragmentación deliberada y la estratificación legal. Los palestinos somos diseccionados por identidades impuestas-jerusalenitas, cisjordanos, gazaties y palestinos del 48 fracturando vínculos sociales y la continuidad comunitaria en cuestión de kilómetros, transformando pueblos vecinos en territorios distantes e inalcanzables. Desde una colina en Ramallah, un palestino puede ver el Mediterráneo, pero psicológicamente ese horizonte permanece infinitamente inaccesible. Las restricciones a la construcción, las amenazas constantes de demolición de viviendas y el desplazamiento inminente generan una ansiedad asfixiante que impide todo crecimiento natural. La judaización nos aliena aún más, imponiendo nombres hebreos-bíblicos falsificados y bosques artificiales sobre nuestros paisajes históricos, accesibles solo para personas judías. La violencia de los colonos quema de cultivos, pogromos escenificados —y los omnipresentes retenes militares (que a menudo aparecen de forma repentina, bloqueando el movimiento durante horas) consolidan ese extrañamiento internalizado. Las comunidades beduinas, históricamente nómadas, se aferran hoy desesperadamente a pequeñas parcelas de tierra, temiendo el desplazamiento sin remedio. Mientras tanto, los palestinos ciudadanos de Israel se ven obligados a replegarse en pueblos aislados y guetificados, donde su presencia en espacios urbanos israelies es cada vez más indeseada y peligrosa.
En mi propia familia, la tragedia de la desposesión es profundamente íntima. Hace más de un siglo, antes del Mandato Británico, mi bisabuelo cultivaba una fertil extensión de tierra en mi pueblo natal, Qalansuwa-reconocido en toda Palestina por sus finas fresas. Generaciones de mis antepasados araron esa tierra, extrayendo vida de su suelo. Hoy, la Administración de Tierras de Israel ha robado esas tierras bajo el absurdo pretexto legal de considerarnos “presentes ausentes”. Décadas de intensas batallas legales han dado lugar a ofertas condescendientes de humillantes compensaciones económicas, como si el dinero pudiera reemplazar un legado construido con tierra y sudor. Estando frente a un juez israelí, declaré inequívocamente que mi sangre nutre esa tierra; mi ataúd me espera allí. El compromiso de mi familia trasciende el tiempo, profundamente enraizado en esta tierra sagrada. Nuestra determinación es inquebrantable: recuperaremos nuestra tierra, no como simple propiedad, sino como una continuidad profunda de identidad, honor y resistencia, haciendo eco eterno de las voces de mis antepasados.
Esta pérdida personal no es aislada refleja la tragedia de una nación, que va más allá del confinamiento impuesto. A lo largo de toda Palestina, estructuras legales opresivas y fuerzas de mercado no solo nos han desposeído de la tierra, sino que han mutilado la esencia misma de nuestro vínculo con ella. Históricamente, nuestra relación con la tierra era una extensión de nuestro ser. Hoy, las estructuras opresoras, combinadas con la agresiva infiltración capitalista, han desnaturalizado ese vínculo sagrado, reduciendo tierras ancestrales a meros bienes raíces. La pobreza inducida ha obligado a muchos palestinos, antes orgullosos agricultores, a convertirse en jornaleros mal pagados en tierras ahora en manos de sus colonizadores. La política posterior a Oslo intensificó esta ruptura bajo la bandera de la “construcción del Estado”, ejemplificada por el modelo de urbanización neoliberal introducido durante la era de Fayyad, tras 2006. Las ciudades palestinas, antes ricas en arquitectura indigena, están hoy dominadas por desarrollos estériles: “unidades habitacionales” idénticas, fachadas insípidas que imitan el lujo sin autenticidad. Nuevas generaciones, desconectadas de los paisajes ancestrales, ven la tierra únicamente como una mercancía transaccional, desprovista de sentido histórico y armonía ecológica.
La internalización de esta alienación forzada se refleja claramente en nuestros espacios públicos y en nuestras actitudes ambientales. Aunque las comunidades palestinas carecen de infraestructura básica para el manejo de residuos debido a una subyugación sistémica, hemos desarrollado una cultura peligrosamente tolerante al desperdicio. Plásticos esparcidos entre antiguos olivares y colinas revelan una aceptación subconsciente de la desposesión-como si, psicológicamente, la tierra bajo nuestros pies ya no nos perteneciera.
Pablo Rasgado capturó de forma conmovedora esta inquietante desaparición durante sus repetidas visitas, observando:
“Al viajar por estos paisajes irregulares, veía cuán rápidamente el horizonte se desvanecía entre una visita y otra—cada regreso revelaba un paisaje más fracturado, más irreversiblemente perdido.”
Como alguien que conoce íntimamente cada camino de la Palestina histórica, también soy testigo diario de esta acelerada erosión. Nuevas carreteras, retenes y asentamientos me desorientan incluso a mí—decenas de nuevos puestos de avanzada han surgido recientemente, miles de hogares palestinos han sido demolidos, y ya se trazan planes para anexar decenas de miles de dunams en Cisjordania al olvido permanente. Desde el reciente genocidio en Gaza, el expansionismo sionista se ha intensificado peligrosamente. El proyecto del Gran Jerusalén amenaza con una fragmentación irreversible, mientras que la devastación de Gaza se reimagina cínicamente como una “Riviera” para colonos. Antiguos olivos son sistemáticamente quemados, autopistas invasoras atraviesan nuestras aldeas ancestrales, y nuevas órdenes de demolición llegan a diario.
Sin embargo, al contemplar nuestra larga historia, hallo un consuelo resiliente. Palestina, con su diverso relieve—montañas, valles, costas, desiertos, verdes colinas—siempre ha sido un cruce de caminos entre continentes, hogar y tránsito para millones a lo largo de la historia. Mucho después de que los estados opresores desaparezcan, esta tierra persistirá—a menos que ocurra la inimaginable tragedia de una devastación nuclear.
Los misiles que surcan nuestros cielos subrayan una verdad profunda: vistos desde lo alto, las infraestructuras artificiales del apartheid se desvanecen, revelando su impotencia temporal. Pero incluso en estos momentos de amenaza existencial, la grotesca discriminación persiste—las defensas antiaéreas israelíes protegen exclusivamente a los asentamientos judíos, dejando a las comunidades palestinas completamente expuestas. Al contemplar este horizonte cicatrizado, reconozco no solo nuestra vulnerabilidad, sino también nuestra lucha colectiva perdurable: reclamar no solo un territorio, sino nuestra relación fundamental con la tierra—una parte inseparable de nuestro espíritu colectivo, nuestra dignidad y nuestra supervivencia.
Horizonte/ Horizon/ بقايااﻷفق
Una expedición desde Jenin hasta el Negev, y una escultura resultante.
Pablo Rasgado
0. Aterrizaje
Durante los años 2020 a 2023 fui parte de una serie de excursiones a través del territorio palestino como parte del programa de residencias “Ways of Traveling”, organizado por la A.M. Qattan Foundation en colaboración con la Fundación John Berger. Fui invitado, junto con otros siete artistas, a realizar visitas periódicas a la región, y a desarrollar un proyecto de largo aliento, a partir de múltiples viajes y reuniones con organizaciones enfocadas en proteger los derechos humanos y a los pueblos palestinos no reconocidos, estas visitas se sumaron a la experiencia de presenciar los drásticos cambios que sucedieron en el territorio a lo largo de esos años.
Realizamos también una serie de pláticas y eventos públicos, desarrollamos una publicación y planeamos una exhibición, programada para 2024, cuya ejecución fue imposible a partir de los eventos del 7 de Octubre del 2023 y los ataques israelíes en territorio palestino que le siguieron y que continuan hasta el día de hoy.
Este proyecto fue un recorrido que atravesaba paisajes desiguales, con frecuencia irreconciliables. Los viajes se volvieron un intento por descifrar la vida en un lugar donde el tiempo, contradictorio e implacable, parecía haberse detenido pero a la vez corría como un río desbordado hacia un abismo infinito.
Lejos de ser una línea recta, el camino que recorrí a lo largo de esos 4 años de investigación, estuvo conformado por una red de trayectos carreteros diseñados por israelíes para su ineficiencia (5), que iban desde Jenin hasta el Negev, pasando por Ramallah, Jerusalén, Silwan, Belén, Hebrón y Nablus, y se extendieron hacia los márgenes invisibles del mapa, en lugares como Rahat y Al-Araqib, pueblos sin nombre oficial ni reconocimiento en papel, pero cuya fortaleza radica en la resistencia, que ha navegado un delicado equilibrio capaz de colapsar y desaparecer en un parpadeo.
Con el tiempo, las caminatas y las conversaciones comenzaron a trazar un mapa propio, hecho de historias –no de líneas– que conectaban la resiliencia de las personas con las cicatrices del paisaje. A lo largo de esos años de investigación y múltiples visitas, el paisaje cambió frente a mis ojos: lo que en un principio parecía fijo, inmutable, se reveló como algo vivo y dinámico. Cada roca, colina y edificación llevaba consigo una historia que no siempre era evidente y requería comprender las fuerzas invisibles que lo constituyen y las decisiones que lo han moldeado.
Las historias y los espacios comenzaron a fusionarse. Los paisajes dejaron de ser un fondo inerte y se convirtieron en protagonistas de una nueva manera de habitar el mundo, donde cada paso y mirada se transformaba en una lectura, en una especie de traducción entre lo visible y lo invisible.
El proceso de trabajo en sitio me llevó a adentrarme a fondo en el contexto, y durante esos intentos de entender el lugar, una cita de John Berger estuvo muy presente en mi memoria:
1. Espacio legible En su ensayo Keeping a Rendez-vous escrito en el año 1991, John Berger propone: “Cuando leemos una historia, la habitamos. Las cubiertas del libro son como el techo y las cuatro paredes. Lo que sucederá a continuación tendrá lugar dentro de las cuatro paredes de la historia”.(6)
Esta analogía, que vincula la narración y la arquitectura, parece resumir no sólo al fenómeno social y cultural de compartir historias, sino que también esboza la forma en que los humanos nos relacionamos con eventos pasados y los habitamos, en ciertos casos por medio de un artefacto –un libro en este caso. Habitamos el pasado de maneras variadas y emotivas. Lo cual puede atestiguarse, si seguimos la analogía de Berger, de manera inversa con consecuencias similares:
Cuando habitamos un espacio, leemos una historia. El techo y las cuatro paredes son cómo las tapas del libro…
Esas “historias”, contenidas dentro de las “cuatro paredes”, poseen una relación inherente con la forma cambiante de un lugar dentro de un entorno arquitectónico, el cual, desde su concepción contiene decisiones directamente relacionadas con los aspectos sociales, culturales, climáticos y políticos de un sitio específico.
La elección de los materiales de construcción es un buen ejemplo de ello, generalmente decididos en relación a lo que es más económico y abundante en la zona. La orientación del edificio impactará en la temperatura interior. La elección de su ubicación puede ser tan simple como “elegir el vecindario correcto”, o tan siniestra como querer tener una visión panóptica de un valle que está siendo oprimido.(7)
2. leer muros Cuando estudiamos un sitio, que a primera vista aparenta ser una entidad estática de proporciones “omnitemporales”(8) —una noción transmitida por su longevidad que parece trascender tanto las historias cíclicas como las lineales— en realidad nos encontramos ante un desafío dinámico que recuerda, en muchos aspectos, al estudio de un organismo vivo que se adapta continuamente a los cambios externos e internos al mismo tiempo. Estas son estructuras dentro de estructuras, caracterizadas, como lo expresa DeLanda, por “una mezcla compleja de construcciones geológicas, biológicas, sociales y lingüísticas que no son más que acumulaciones de materiales moldeados y endurecidos por la historia.”(9)
Todo edificio es planeado o adaptado en relación a las acciones que serán llevadas a cabo dentro de él; dichas actividades negocian con el espacio a través del concreto y la varilla. Por lo tanto, estudiar las paredes y sus estructuras es a su vez estudiar a las personas que habitan esos muros, ya que cada una de sus superficies y materiales contiene una identidad individual y colectiva, que retrata tangencialmente a sus habitantes. Los muros, adquieren relevancia cuando son entendidos más allá de su composición material y se estudian a través de su historia, contexto e implicación social. No es raro encontrar que estas estructuras, estos semi organismos, se transformen o desarrollen un “apéndice” cuando hay una adición a la familia, y el “corpus” de la casa crece, se amplía y desdobla.
Esta es una de las razones que vuelven particularmente lacerantes a los métodos extractivos impulsados por consideraciones geopolíticas(10) capaces de desgarrar las construcciones sociales que en conjunto ayudan a delinear a un individuo, dentro de una casa, pueblo, territorio e idea de nación. Nos recuerdan a una práctica y concepto –cuyo ominoso origen vinculado a las tácticas de guerra–, se basaba en evidenciar estos cambios, pérdidas y victorias: el antiguo concepto de spolia.
3. Spolia Del latín (spolium = despojo, presa) spolia es una tradición constructiva que fue ampliamente extendida por el imperio Romano, con ejemplos notables tanto en Roma como en Bizancio. Esta práctica implicaba integrar los despojos obtenidos de las conquistas en la construcción de nuevas estructuras y monumentos. Las interpretaciones de spolia varían según el caso específico, pero es un hecho conocido que los conquistadores y gobernantes la empleaban estratégicamente como un medio para transmitir un mensaje relacionado con la efectiva legitimación de su autoridad y para afirmar la dominación sobre la tierra. Esta exhibición de los “despojos” o de “botínes” en el ámbito público servía como una manifestación simbólica de poder y conquista.
Siglos después, este concepto ha adquirido implicaciones ineludibles, de alcance amplio y radical, que trascienden la concepción original de spolia en lugares como el territorio de Cisjordania, como resultado de la Nakba(11), en donde el concepto ha alcanzado consecuencias crueles y totalitarias, relacionadas con la apropiación sistemática del patrimonio cultural a lo largo de esta guerra desigual que ha infligido pérdidas humanas inconmensurables y dejado un impacto notable en la región en disputa.
A raíz de esta violencia, numerosos pueblos y ciudades palestinas han sido destruidas o reapropiadas, dejando a millones de personas desplazadas. Esto constituye a su vez una enorme pérdida del patrimonio arquitectónico, y un intento por suprimir la historia palestina.
Ha sido extensamente documentado que la manipulación de elementos arquitectónicos y artefactos arqueológicos fue implementada por el estado Israelí como un mecanismo para asentar control, establecer dominación y tratar de legitimar las demandas sobre la tierra.
Viene a la mente una frase, que proviene de los anuncios inmobiliarios, y que se ha vuelto un dicho popular entre los refugiados para describir la ocupación israelí sobre el territorio palestino: Akhaduha Mafroosheh, que su traduccion al españo seríal “lo tomaron completamente amueblado”.
4. Akhaduha Mafroosheh “Totalmente amueblado con puertos, carreteras, edificios de apartamentos, ferrocarriles, incluso un aeropuerto. Totalmente amueblado, hasta con lenguaje” .(12) Este asentamiento, y toma de territorio iniciado en 1917, se consolidó mas tarde a través de un acuerdo –promovido como transitorio– pactado a 3,000 kilometros de distancia.(13) Su existencia fragmentó de manera hasta ahora irreversible el territorio palestino, mediante una nomenclatura enteramente administrativa que subdividio el horizonte (Area A, Area B, Area C), e imposibilitó la coehsion territorial, promoviendo la expansión de los asentamientos israelíes y la radicalizacion de grupos armados en ambos bandos, agravando aún más el conflicto.
Esta noción de fragmentación del territorio se sumó a la experiencia de presenciar los drásticos cambios ejercidos al terreno a lo largo de estos últimos años, en donde pude escuchar los testimonios de los pobladores recibiendo notificaciones oficiales por parte del gobierno israelí. En dichos avisos se les ordenaba que sus casas fueran demolidas hasta los cimientos. Incluso después de la resistencia legal de organizaciones como Adalah o Badil, algunas familias de la región tuvieron que enfrentarse al laborioso trabajo y la carga emocional de tener que desmantelar sus casas con sus propias manos, para evitar represalias, encarcelamiento o multas significativas. Para algunas familias, esta no era la primera vez que se enfrentaban ante circunstancias difíciles y decisiones de tanto peso.
Al deambular por el horizonte palestino, constantemente nos encontramos escombros esparcidos por los alrededores. Restos de construcciones antiguas, que antes delimitaban el área de asentamientos perdidos, formando un fuerte contraste con el entorno no construido. En medio de estos restos, fragmentos distinguibles emergen dentro de una peculiar amalgama matérica, de orígenes inequívocos: restos de estructuras y pertenencias personales siendo enterradas por la arena. Los colores antes vibrantes de los objetos se habían desvanecido, fusionándose con la pátina del desierto para forjar una nueva mezcla de arena, escombros y objetos desechados.
La vista de estos fragmentos fusionados con el entorno posee ciertas similitudes con casos de estudio a miles de kilómetros de distancia, que involucran el descubrimiento de un nuevo tipo de “piedra” formada a través de la intrincada fusión de plástico fundido, sedimentos, fragmentos de lava basáltica y restos orgánicos. Esta última fue recientemente nombrada como “plastiglomerado” , un nuevo material que a la fecha se ha extendido en ciertas playas, ganando progresivamente una densidad y un peso que impide su movimiento por fuerzas del viento o del agua. Este aumento de densidad ha incrementado su potencial de preservación debido a su asentamiento en el subsuelo, lo que probablemente resultará en que este material derivado de la actividad humana evolucione en un “horizonte arqueológico”,(14) que indiqué un nuevo estrato de contaminación humana que apunta a la presencia de trazas en la época geológica controversialmente llamada Antropoceno.(15)
Los materiales de origen antropogénico comenzaron a surgir en la década de 1950, con tasas de producción y eliminación de desechos que han aumentado constantemente en los últimos 70 años.(16) El escenario que Cisjordania y las aldeas no reconocidas viven a diario a causa del asedio cobra forma de una construcción-destrucción-reconstrucción-redestrucción activa desde 1948 hasta la fecha. Estas acciones probablemente crearán una impronta única e inequívoca, un marcador distintivo “atípico”, que sea testigo de la interrupción y transformación del sistema biofísico del paisaje debido al impulso destructivo de un aparato militar de ocupación, que será preservado en el registro sedimentario.
5. Horizonte Un análisis “típico” del paisaje, desde una perspectiva Geológica, involucra un análisis de los cambios sucesivos que han tenido lugar en los reinos orgánico e inorgánico de la naturaleza, indagando en las causas de estos cambios, y la influencia que han ejercido en la modificación de la superficie y la estructura externa del planeta. Estos cambios se desarrollan a través de la intrincada interacción de factores bióticos (vivientes) y abióticos (químicos y físicos no vivientes).(17)
En una formación geológica típica, los componentes del suelo participan en interacciones complejas entre lo vivo y lo no viviente. Factores como el viento, la lluvia y las fluctuaciones de temperatura inician la erosión, mientras que las actividades humanas como pueden ser la fabricación de herramientas, la alfarería y la construcción contribuyen a la deposición de artefactos en el registro arqueológico. Junto a esto, los procesos naturales como la deposición de sedimentos por inundaciones, derrumbes o caída de ceniza volcánica se vuelven fundamentales para enterrar restos arqueológicos. Estos procesos en conjunto dan lugar a las capas estratigráficas encontradas en todo sitio estudiado.
La estratificación, de manera similar a las páginas de un libro no lineal/topográfico –volviendo a la analogía de Berger– permite a los geólogos y arqueólogos reconstruir la secuencia de eventos y los procesos de formación que ocurrieron a lo largo del tiempo.
Los sitios antropogénicamente influenciados, causantes de formaciones geológicas “atípicas” como son las áreas urbanas, lotes agrícolas, sumideros y zonas industriales, a menudo muestran un desequilibrioentre la interconexión de los componentes bióticos y abióticos, que dará lugar a una estratificación compleja e intrincada en el área. Tal es caso de Cisjordania y la Franja de Gaza, áreas que han sido testigos de una destrucción compleja y multifacética, que involucra numerosas guerras, intifadas,(18) ceses al fuego y periodos de relativa calma, durante los cuales las negociaciones sobre el uso de la tierra han resultado en ocupaciones en curso, bombardeos y demoliciones de proporciones sin precedentes.
6. Horizonte humano Resulta difícil visualizar la escala humana al interior de eventos globales, especialmente cuando estos son analizados a distancia, y la información se plantea en cifras que pretenden simplificar las vidas humanas involucradas en relación al impacto que un evento ha tenido sobre una comunidad. Es avasallador encontrarse en un sitio, despoblado y sin interlocutores que puedan dar fe de lo ocurrido, quedando solo los restos y las secuelas, de un evento que ha fragmentado familias, comunidades y una nación.
Es en estos sitios donde los restos adquieren una importancia inconmensurable, ya que se vuelven marcadores estratificados y contenedores de la historia, planteando un cambio de paradigma en nuestra aproximación al paisaje.
7. Proporciones humanas El cambio de paradigma en estas evidencias ocurre cuando los materiales son analizados desde una perspectiva tafonómica.(19) Esta perspectiva implica comprender al objeto más allá de su mera apariencia física y considera su eventual preservación en el registro fósil.
Es en este tiempo y lugar, en el que el impacto humano está dejando huellas visibles y duraderas en el tejido mismo del entorno y en donde las trazas discernibles se graban en el registro sedimentario dando lugar a nuevos compuestos rocosos, a una amalgama destructiva.
8. Extremidades Los edificios como organismos, las casas que desarrollan extremidades y las paredes vistas a través de su historia material, son algunos de los conceptos clave que encontramos durante esta investigación de campo y extensa expedición a lo largo y ancho de Cisjordania. Fue a través de estas caminatas y la recolección de fragmentos para su eventual análisis que una escultura, basada en el horizonte palestino, comenzó a estructurarse por si sola.
Estos fragmentos compuestos por una mezcla de formaciones rocosas, pedazos ruinosos de edificaciones, enseres domésticos y personales, poco a poco comenzaron a crear una particular amalgama cuidadosamente seleccionada bajo proporciones específicas. Esta construcción se llevó a cabo con base en los datos proporcionados por un estudio especializado realizado en 2016, que exploraba la “arquitectura” del cuerpo humano. A partir de estos datos se planearon y ejecutaron en el sitio una serie de retratos químicos, construidos elemento por elemento para representar a un ser humano promedio: femenino, de 60 kilos y 35 años de edad.
La representación de un cuerpo humano promedio, desde una perspectiva química, está compuesta por una serie de elementos que varían según cada individuo: sus etapas de vida y las vivencias en un lugarespecífico. Estos factores, influenciados por el entorno, incluyen a la temperatura, la alimentación, los metales presentes en el agua, entre otros, y dejan una impronta única en el sujeto. En un tiempo y lugar como este, donde el impacto humano está dejando marcas visibles y duraderas en el tejido mismo del entorno, las similitudes entre los cuerpos y el paisaje trascienden la mera apariencia, y van mucho más allá de la “fachada” .(20)
Estas esculturas relegan la visualidad a un segundo plano, enfocándose en sus componentes más esenciales, dando como resultado una especie de “retratos geológicos” profundamente ligados al sitio.
En términos arqueológicos, un horizonte se define como un tipo distintivo de sedimento, artefacto u otro rasgo cultural que aparece en una amplia área geográfica. Cuando se entiende como un vínculo químico entre los organismos y el territorio, el horizonte puede ser tanto un retrato como un paisaje, (21) o como Berger podría haberlo expresado:
“Cuando habitamos un paisaje, leemos la historia. Las rocas alrededor son como las cubiertas de un libro. Lo que sucederá a continuación tendrá lugar dentro del horizonte de la historia”..
Rasgado, P. (2025). Horizonte. Fundación Op. Cit.; Sexto Piso